Zugazagotia y Cruz Salido: dos vidas truncadas por el fascismo

Lugar y fecha del evento

Julián Zugazagotia, retratado por Luis Quintanilla Isasi en la cárcel modelo de Madrid

 Por Javier Rodríguez Muñoz, patrono de la Fundación José Barreiro y de la Fundación Indalecio Prieto

El 9 de noviembre de 1940 fueron fusilados en las tapias del cementerio de La Almudena de Madrid los socialistas Francisco Cruz Salido y Julián Zugazagoitia Mendieta. Con una larga trayectoria política a sus espaldas pese a tener escasamente cuarenta años, ambos habían desarrollado también una intensa labor periodística al frente de El Socialista de Madrid, Julián Zugazagoitia, y dirigiendo El Liberal de Bilbao, Cruz Salido.

La Fundación Indalecio Prieto ha querido honrar su memoria con la publicación del libro: Julián Zugazagoitia – Francisco Cruz Salido. Semblanzas, reseñas y crónicas publicadas en El Liberal de Bilbao (1922-1937). La selección de los artículos y edición de este libro la realizó el historiador Luis Sala González, patrono y vicepresidente de la Fundación Indalecio Prieto, quien junto con Alonso J. Puerta, presidente de la Fundación, son los autores del prólogo.

Nacido en Bilbao el 5 de febrero de 1899, hijo de Juana Mendieta y Fermín Zugazagoitia, fundidor de Altos Hornos y presidente de la Agrupación Socialista de Bilbao, Julián Zugazagoitia ingresó en las Juventudes Socialistas en 1914. Pronto comenzó sus colaboraciones en la prensa, particularmente en los periódicos bilbaínos El Liberal y La Lucha de Clases. Un artículo publicado en este último medio le valió una condena de destierro de tres años, seis meses y once días. Ya en 1924 trabajó en la redacción de El Socialista por invitación de Andrés Saborit y en abril de 1932 se hizo cargo de la dirección interina de este periódico, siendo ratificado en esa responsabilidad por el XIII Congreso del PSOE celebrado en octubre de ese año. Estuvo preso en la cárcel modelo de Madrid tras la revolución de octubre de 1934. Allí fue dibujado, junto a otros miembros del Partido Socialista como Cruz Salido y de otros partidos, por Luis Quintanilla Isasi (1893-1978), también encerrado por su participación en la revolución, al haber servido su estudio como centro de reunión del comité revolucionario. Los retratos realizados por Luis Quintanilla durante su paso por prisión se recogen en su libro La cárcel por dentro. Dibujos de Luis Quintanilla 1934, publicado en 1936 con un prólogo precisamente de Julián Zugazagotia y magníficamente reeditado en 1995 por la Fundación José Barreiro con un estudio sobre el pintor hecho por Etelvino González López, entonces director de la Fundación.

Zugazagoitia es autor de uno de los libros más lúcidos que se hayan escrito sobre la guerra civil española, de la que fue un testigo excepcional y fiel notario, habiendo sido durante su transcurso, además de director de El Socialista, ministro de la Gobernación en el primer Gobierno Negrín formado el 8 de mayo de 1937, y secretario general de Defensa, cuando Prieto cesó en este Ministerio el 5 de abril de 1938, y asumió sus competencias el presidente Juan Negrín. Fue editado inicialmente en Buenos Aires en 1940, en los talleres gráficos de La Vanguardia, periódico donde ya había dado a conocer algunos capítulos, con el título de Historia de la guerra en España. Fue reeditado en París, por Librairie Espagnole, en 1968, como Guerra y vicisitudes de los españoles, el mismo nombre que se mantuvo en la primera edición hecha en España, tras la muerte del dictador Franco en 1977 por Editorial Crítica.

Julián Zugazagotia fue una de las voces que se alzaron contra la violencia en las filas republicanas tras el asalto por incontrolados a la cárcel modelo de Madrid el 22 de agosto de 1936 y el asesinato de una treintena de políticos presos, entre ellos Melquiades Álvarez, Ramón Álvarez Valdés, Manuel Rico Avello, Fernando Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda  y otros. El domingo 23 de agosto de 1936 escribió en El Socialista: «De cara a nuestra responsabilidad, nunca tan despierta y vigilante como en los actuales momentos, nos declaramos enemigos de toda acción de violencia, en las personas y en las cosas, cualquiera que sea el designio con que se cometa. Para juzgar a cuantos hayan delinquido, disponemos de la ley. Mientras dispongamos de ella, necesitamos acatarla. Con ella, todo es lícito, sin ella nada». Y más adelante, en referencia a la matanza efectuada por la columna del coronel Yagüe en Badajoz: «La conducta de los rebeldes, cualquiera que sea la sevicia en que se inspiren, no puede servirnos de ejemplo ni disculpa».

Francisco Cruz Salido, retrato realizado por Luis Quintanilla Isasi en la cárcel modelo de Madrid (1934)

Francisco Cruz Salido había nacido en Jaén el 10 de septiembre de 1898. Huérfano desde los once años, se inició muy pronto en el periodismo, colaborando con quince años en el diario republicano federal La Lealtad. Tras su paso por varios periódicos se incorporó a El Socialista, donde llegó a ser redactor jefe cuando Zuga era director. Ambos periodistas, Cruz y Zuga, colaboraron también en el periódico socialista asturiano Avance y en el bilbaíno El Liberal. Los dos permanecieron en Madrid a principios de noviembre de 1936 mientras el Gobierno presidido por Largo Caballero se trasladaba a Valencia, ante el temor de la inminente caída de Madrid en manos de los facciosos sublevados. Ya avanzado el mes de noviembre, cuando Madrid había superado la ofensiva franquista, Cruz Salido se trasladó a Bilbao, a instancias de Indalecio Prieto, para dirigir el periódico El Liberal, a cuyo frente se mantuvo hasta la caída de la capital vizcaína en manos de los facciosos.

Acabada la guerra civil, los dos periodistas se exiliaron en Francia, donde Zuga siguió con sus colaboraciones periodísticas y Cruz Salido se involucró en el trabajo de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), creada por Indalecio Prieto y otros dirigentes republicanos. En Francia fueron detenidos ambos por la Gestapo, Zuga en París y Cruz Salido en Burdeos, y entregados a la policía española.

El libro mencionado se abre con una estremecedora carta de Carlos Montilla a Indalecio Prieto fechada en Biarriz el 23 de agosto de 1946, poco después de que el primero saliera de la cárcel. En ella cuenta lo sucedido a Cruz Salido y Zugazagoitia desde su ingreso en la cárcel de Porlier en Madrid hasta su fusilamiento en el citado cementerio de La Almudena de la capital, donde ambos reposan uno al lado del otro. Montilla se dirigió a Prieto primero que a nadie por «saber lo que ambos significan para Ud.» y para «propagar entre los nuestros su conducta aleccionadora en la cárcel y lo ejemplar de su muerte».

Carlos Montilla Escudero fue un ingeniero agrónomo muy amigo de Manuel Azaña, y compañero de partido. Desempeñó varios cargos durante la República y el 26 de febrero de 1932 fue nombrado por el Consejo de Ministros, a propuesta de don Inda, entonces ministro de Obras Públicas, director general de Ferrocarriles, Tranvías y Transportes Mecánicos por Carretera. Al comenzar la guerra desempeñó la presidencia de la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico, siendo también miembro del Comité Nacional de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Como la mayoría de los republicanos españoles, se exilió en Francia al acabar la guerra, siendo detenido en Pyla-sur-Mer, cerca de Arcachon, el 10 de julio de 1940. Junto a él fueron también apresados los también republicanos Cipriano Rivas Cherif, cuñado del presidente de la República don Manuel Azaña y ex cónsul general de España en Ginebra, y Miguel Salvador Carreras, hijo del político liberal Amós Salvador Rodrigáñez, amigo de Azaña y militante en su partido, fundador junto con su hermano Amós Salvador de la Universidad Popular de Madrid en 1903. Es, además, abuelo por parte materna del socialista y ministro de Felipe González, Miguel Boyer Salvador.

Las detenciones, según el relato de Montilla, las practicaron en la citada ciudad francesa de Pyla «dos capitanes de la Guardia Civil, de paisano, acompañados de un polizonte, hijo de un título de Castilla, auxiliados los tres por alemanes armados de la Gestapo». También fueron detenidos en esas mismas fechas el socialista asturiano Teodomiro Menéndez y Francisco Cruz Salido en Burdeos, por los mismos individuos. Fueron todos trasladados a Irún, en cuya cárcel durmieron dos noches, para ser trasladados, salvo Teodomiro, a los calabozos de la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol de Madrid, a donde llegaron al atardecer del 13 de julio de 1940.

Estuvieron incomunicados con el exterior y con muy difíciles contactos entre ellos. A los pocos días llegó Teodomiro Menéndez y quince días después lo hicieron Zugazagoitia y Luis Companys. Zuga había sido detenido en París en la mañana del 27 de julio de 1940 por cinco militares de la Gestapo y dos policías españoles de paisano que irrumpieron en su domicilio de la capital francesa. Fue conducido a la prisión de la Santé, en París, donde fue interrogado por los alemanes con un intérprete de éstos que traducía del francés en que se expresaba Zuga. Ante la pregunta de qué cargos políticos había ejercido «con los rojos», Zugazagoitia respondió: «En el Gobierno legítimo de la República Española desempeñé, entre otros cargos, el de ministro de la Gobernación y el de secretario general de la Defensa». El comandante que dirigía el interrogatorio pregunta sorprendido: «¿Minister?».  A lo que el periodista español responde: «He sido ministro en mi país, quizá sin méritos, pero no por vanidad, sino por disciplina. Mi conciencia no me reprocha ninguna actuación deshonesta. No creo que España tenga que sentirse avergonzado de que yo, un periodista humilde, haya desempeñado una cartera ministerial. Tampoco creo que ustedes, los alemanes, tengan que sorprenderse de que un hombre de mi profesión haya desempeñado cargos de gobierno, cuando ustedes, en su país, tienen en honor estar dirigidos por un antiguo pintor de puertas…».

A final del mes de julio, a los que tenían algún familiar en Madrid les permitieron escribir a sus parientes para que les enviaran ropa y también autorizaron la entrada diaria de comida. Companys que no tenía parentela en la capital madrileña, era ayudado por los demás, cuando podían, con algo de comida y algún pitillo. Rivas Cherif pidió permiso para incluir con la suya, la ropa sucia del dirigente catalán y le fue denegado. Pronto el que fuera presidente de la Generalidad de Cataluña fue trasladado a Barcelona, sometido a consejo de guerra y fusilado en el castillo de Montjuic el 15 de octubre de ese año.

La situación varió al ser sorprendida por los carceleros una nota que Miguel Salvador intentaba pasar a su familia criticando a los calaboceros. Se les cortó toda comunicación con el exterior y quedaron sometidos durante un mes «a rancho de acelgas mal cocidas y sin pitillos». Carlos Montilla afirma haber adelgazado quince kilos.

Aislados durante cien días, se instruyó contra ellos un proceso sumarísimo y de extrema urgencia tras haber preguntado si ya habían sido fusilados el dirigente nazi Heinrich Himmler, que visitó España los días 19 a 24 de octubre de 1940 invitado por el ministro de Exteriores franquista Ramón Serrano Suñer. El 21 de octubre comparecieron ante un Tribunal de Oficiales Generales. En los días previos pudieron comunicarse libremente entre ellos y acordaron, a sugerencia de Julián Zugazagoitia, no hablar nadie, «reduciéndonos a contestar al interrogatorio si lo había y dejándole a él la misión de hablar en su nombre propio y también en el de todos».

Tras el juicio fueron devueltos a la prisión de Porlier e instalados en la sala de comunicaciones de los presos a la espera de la sentencia. A las tres de la mañana le comunicaron a Teodomiro que la suya era de 30 años, mientras nada se les dijo al resto, que intuyeron se les condenaba a pena de muerte. Pasaron la noche esperando el fusilamiento de madrugada, que no se produjo. En el curso de una cena ofrecida al reichführer de las SS, Himmler, esa misma noche del 21 de octubre, la intervención en su favor de familiares de Miguel Salvador, del exministro de la Monarquía Natalio Rivas Santiago y de un hermano de Carlos Montilla, Fernando, comandante médico y amigo del general José Varela, entonces ministro del Ejército, consiguió de este último la suspensión de la ejecución durante 48 horas. Ese tiempo fue aprovechado para la iniciación del expediente de indulto. Las gestiones prolongaron «los días de espera, todos angustiosos, pero sin perder en ninguno por completo, la esperanza de salvarnos», cuenta Montilla.

La incertidumbre se prolongó durante quince días, los cuales pasaron en la capilla de la cárcel para no interrumpir las comunicaciones de los presos, volviendo a la sala de comunicaciones para dormir. El capellán de la cárcel les traía diariamente prensa del exterior y así supieron el 5 de noviembre de la muerte de Azaña. El último presidente de la República Española había fallecido en una habitación del hotel Midi de Montauban (Francia) a las doce menos cuarto de la noche del 3 de noviembre de 1940.

Zugazagoitia pensaba que a él y a Paco Cruz los fusilaban y que el resto se salvaba, «sobre todo después de muerto Azaña, pues hubiera sido monstruoso matar a Cipriano Rivas exclusivamente por su parentesco. Yo sabía por mi hermano», escribe Carlos Montilla, «que el odio mayor era contra Cruz Salido, al que no perdonaban sus artículos –Julián decía que duelen más, a ciertas personas, los arañazos que las puñaladas– y no se atrevían a fusilarle a él e indultar al exministro de Gobernación».

El 8 de noviembre de 1940 se acostaron como todos los días. A las 11 de la noche llamaron de la Dirección a Zugazagoitia y a Cruz Salido. Este último le dijo a Montilla: «Ya está, Montilla; llegó la hora». Media hora después volvieron ambos a despedirse de sus compañeros. Cruz Salido abrazó a Montilla y le dijo: «Escríbale a Prieto, Montilla; mis hijos». Zugazagoitia al abrazar a Montilla y decirle éste que su familia sería como la suya, le contestó: «Esté Ud. tranquilo, ya ve cómo no me he equivocado. Uds. vivirán». Cipriano pasó con ellos las últimas horas, Montilla no quiso verlos otra vez. En esos últimos momentos, antes de su ejecución, Julián Zugazagoitia pidió unas cuartillas en las que estaba escribiendo con su letra microscópica un relato de aventuras imaginarias para su hijo, para terminarlo. Hasta el desenlace fatal, las horas pasaron con continuas visitas de gentes que iban desde la capilla donde estaban los dos periodistas, a la sala donde permanecían el resto de compañeros.

Su muerte fue ejemplar, según reconocieron tanto el juez instructor como el defensor, que días después nos visitaron, cuenta Montilla. «Ambos murieron como dos hombres honrados, con principios, cordial y sinceramente sentidos». Julián, con un absoluto dominio de sí mismo, le dijo a Rivas [Cipriano], según éste contó a Montilla, que «sentiría se emplease su cadáver como banderín para reavivar odios y rencores».

Remata Montilla su carta a Prieto: «Eso está bien, pero, sin los unos ni los otros, ni espíritu de venganza tampoco, habrá que hacer justicia de estos asesinatos jurídicos, que, como dice no sé quién, son los más crueles por cometidos en nombre de un falso legalismo». Las palabras de Montilla siguen teniendo todo su sentido setenta y cinco años después. Pese a la Ley de Memoria Histórica, no ha sido reparada la memoria y el honor por tantos miles de crímenes cometidos bajo el manto de una ley militar impuesta por la fuerza y con derramamiento de sangre por quienes se levantaron contra la República instaurada con el voto popular el 14 de abril de 1931.

A los jóvenes de hoy y a muchos de mayor edad nada les dirán hoy los nombres de Julián Zugazagoitia Mendieta y Francisco Cruz Salido. El libro que ha sido motivo de estas líneas quiere recuperar del olvido una parte de su obra periodística, que es la expresión de las preocupaciones tanto culturales como políticas de sus autores, reflejo en buena parte también de las que ocupaban tanto a los socialistas como a otras personas que lucharon porque aquella II República Española llegara a buen término. Parafraseando a los antiguos romanos: «séales la tierra leve».

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Manuel Simón Velasco

    ¡¡¡ Felicitaciones por el merecido esfuerzo de recuperación de la memoria histórica !!!!

  2. José Manuel Rad Rodríguez

    En mi condición de periodista socialista siempre he estado interesado en Julián Zugazagoitia y Cruz Salido. Muy bueno el artículo de Javier que me ha dejado estremecido.

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