A mediados de 1933, el Gobierno de Azaña había experimentado su primera gran crisis: el 8 de junio, el presidente presenta su dimisión, abriéndose la posibilidad de que, primero Besteiro y después Indalecio Prieto, formaran gobierno, lo que no fue factible. El PSOE siente la presión de sus bases, cada vez más radicalizadas ante la amenaza de la derecha, reorganizada en la CEDA, y las noticias que llegaban desde el exterior: en Alemania, Hitler llega al poder en enero.
Sin el apoyo del PSOE, la caída de Azaña se hizo inevitable y con ello la convocatoria de elecciones generales. A las urnas acudirían por primera vez las mujeres, después de que diputadas como Clara Campoamor lograran en la legislatura clausurada que las Cortes legitimaran el voto femenino.
La fragmentación de la coalición gubernamental facilitó que la CEDA y el Partido Republicano Radical de Lerroux obtuvieran mayoría parlamentaria. El PSOE conservó sus electores, pero descendió de 116 a 61 diputados. En Asturias, donde la FSA acudió en solitario, fueron elegidos Teodomiro Menéndez, Matilde de la Torre , Amador Fernández y Veneranda Manzano. El socialismo no había logrado frenar a las derechas, que llegaban dispuestas a rectificar la República.
En el PSOE, la izquierda (Largo Caballero) y el centro (Prieto) llegaron a un acuerdo para desencadenar una acción revolucionaria en el caso de que la CEDA y su caudillo Gil Robles llegaran al gobierno.
En Asturias, la radicalización se observa ya con el nombramiento de Javier Bueno, en julio de 1933, como director de Avance , principal instrumento de concienciación revolucionaria. La presión de la JSA (18.000 afiliados) y del SMA (25.000 cotizantes) determinó que los moderados Juan Antonio Suárez y Teodomiro Menéndez fueran desplazados de la dirección. La Ejecutiva de la FSA, con la asistencia de Rafael Fernández, Belarmino Tomás, Amador Fernández y Juan Pablo García, que no formaban parte de la misma, decidió en enero de 1934 sustituir en la Presidencia a Suárez por Graciano Antuña, proclive a medidas revolucionarias.
Antuña y Bonifacio Martín, por la UGT, fueron los encargados, el 31 de marzo, de firmar el pacto constitutivo de la Alianza Obrera regional con la CNT. Los mítines unitarios y los choques con las fuerzas de orden se sucedieron. Registros en busca de armas de la Fábrica de la Vega y de las llegadas a Asturias en El Turquesa , detenciones y secuestros del Avance , enrarecen la situación. Un ambiente que se caldea con las huelgas del verano, como la que tuvo lugar a comienzos de septiembre para impedir la presencia de Gil Robles en Covadonga.
El día 4 de octubre el presidente de la República , Alcalá Zamora, encarga a Lerroux la formación de un nuevo Gobierno, con tres ministros de la CEDA. La huelga general se inició en la madrugada del día 5 de octubre.
Mucho se ha escrito sobre los acontecimientos posteriores. Y, en especial, sobre los que ocurrieron en Asturias, única región en la que el movimiento insurreccional fue realmente efectivo y en la que se esbozó un proyecto de sociedad revolucionaria.
La orden de inicio de la huelga llegó a Asturias a través de Teodomiro Menéndez que, procedente de Madrid, arribaba a la estación de ferrocarril en Oviedo pasadas las diez de la noche del día 4. Inmediatamente se ponía en marcha el plan militar elaborado por los líderes socialistas, encabezados por Ramón González Peña, el generalísimo de la revolución.
El primer paso, dominar las cuencas mineras, fue un éxito, aunque las escuadras formadas, en su mayoría, por jóvenes mineros socialistas tuvieron que vencer la resistencia de los cuarteles de la Guardia Civil de Ciaño y Sama.
El segundo era atacar por sorpresa la ciudad de Oviedo, máximo símbolo de la reacción al acoger las instituciones políticas y religiosas y ser residencia principal de la burguesía de la región. Con retraso, lo que anuló el efecto sorpresa, y una cierta descoordinación llegaron a Oviedo tres columnas: la de Ablaña, dirigida por González Peña; la de los mineros de la cuenca del Nalón coordinados por Pedro Vicente; y la del Caudal dirigida por Arturo Vázquez. El día 6 se inició el asalto y, tras cinco días de combates, los defensores quedaron reducidos a posiciones aisladas: el cuartel, la cárcel, el gobierno civil y la catedral. Los obreros habían logrado ocupar la fábrica de explosivos de La Manjoya , la de cañones de Trubia y la de armas de La Vega.
Entre tanto, en la zona de Asturias dominada por los trabajadores (un tercio del territorio, 80 por ciento de la población) los comités locales, mayoritariamente socialistas, ponían en marcha los cimientos de la sociedad revolucionaria: abolida la moneda, se organizó la distribución de alimentos, la asistencia sanitaria, la conservación de las minas...
Pero la revolución no podía triunfar sin el éxito en el resto de España. A Asturias, aparte de la columna del general Bosch, atrapada en Vega del Rey, se dirige desde Galicia el general López Ochoa: en su aproximación a Oviedo, donde entró el día 11, encabezó sus tropas con prisioneros. Así murió Bonifacio Martín, teniente alcalde de Oviedo. Por el este avanzan, a través del valle del Nalón, las fuerzas del general Solchaga; y en un desguarnecido Gijón desembarcaba el coronel Yagüe que, con sus tropas africanas, entraba en Oviedo el día 12.
Al día siguiente el Comité provincial, formado por seis socialistas y tres comunistas, y presidido por Belarmino Tomás, se retiró a Sama para preparar la salida a una lucha que se consideraba perdida. El día 17, Belarmino Tomás se entrevistaba con López Ochoa pactando las condiciones, luego no respetadas, del final de las hostilidades.
El balance fue muy duro: además de destrucciones materiales, se contabilizan cerca de 1.400 muertos y más de 2.000 heridos, la mayoría revolucionarios. La represión posterior (simbolizada en el asesinato del periodista Luis Sirval, la ejecución del sargento Vázquez o las condenas a muerte de Teodomiro Menéndez y González Peña, entre otros) obligó a muchos al destierro. Más de 30.000 prisioneros abarrotaron locales habilitados como cárceles, con el exconvento ovetense de Las Adoratrices como tristemente célebre, verdadera cámara de los horrores por obra del comandante de la Guardia Civil Lisardo Doval.
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